sábado, 17 de septiembre de 2011

(S)he.

Él la observaba. Todo el tiempo, a todas horas. No había día en que no lo hiciera. Ella.
Ella era él, formaba parte de si mismo. Una parte... quizás demasiado grande, si se desprendía: puf, se esfumaba, y el todo se convertía en nada.
Él miraba cada uno de sus gestos, de sus acciones, bebía de lo que veía. Bebía con sed, con ansiedad. Ella le gustaba mucho, muchísimo, quizás... demasiado. Él intentaba ver más allá de sus ojos, de su mirada. Deseaba saber lo que ella sentía, lo que pensaba, para que no le rechazase, para cambiar lo que no la gustaba, para ser mejor. Para que ni siquiera se le pasase por la cabeza el dejarle. (Nunca, jamás.)
Para ser perfecto.
Ella se reía (con esa risa que a él tanto le gustaba), le agradaba sentirse tan amada. Muchas veces le decía: -"Para, déjame."- Pero entre sus sonrisas, ninguno se lo tomaba en serio.
Una vez, ella, muy seria le dijo... no, ni si quiera le dijo nada.
Le miró, y él lo comprendió todo.
Podía vivir por ella, podía quererla, amarla, como siempre lo había hecho, hasta el fin de sus vidas.
Pero le había pedido espacio. Se agobiaba con facilidad. Necesitaba su intimidad.
Y él, como tanto la quería, se lo concedió.
La seguía observando, mirando, seguía intentando comprenderla, pero en la lejanía, con espacio.
Ninguno de los dos se imaginó que tuviese consecuencias,  y menos con esa desmesura.

Ninguno de los dos se imaginó que su amor, ya de por sí grande, pudiese seguir aumentando.

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